Cuentos que les harán sentir
Inspirándonos en los hermanos Grimm
Nuestro nacimiento se produce en el seno de un inconsciente colectivo,
creador de imágenes hereditarias. Así habla Carl Gustav Jung, psicólogo y
ensayista suizo, en referencia a la importancia de conocernos como individuos
de la cultura. Y es que el folclore forma parte ineludible de esta, y su
incorporación a la escuela no supone menos que hacer del niño amigo de la
herencia de una palabra que ha perdurado de generación en generación y de pueblo
en pueblo durante años. El aula debe encargarse de que perdure esta tradición
en clave oral, y hacer a su alumno partícipe inseparable de la linealidad
causada a raíz del folclore. Necesita, además, y más en los tiempos que corren,
que sean las palabras las que despierten su imaginación, y no las pantallas,
que de sus oídos sientan y de su boca quieran hacer sentir, que no requieran de
instrumentos, que su curiosidad se vea instigada por unos personajes
fantásticos cuya simbología se deja aun a la comprensión de su imaginación,
cada vez más mermada, quizás casi apagada, o destronada, en los tiempos que
corren.
La elección de los textos
folclóricos, mal llamados infantiles, pero casi normalizados como tales, viene
de la mano de Jacob y Wilhelm Grimm, recopiladores de Juan el Fiel, El Rey de las
Ranas y El Señor Sabelotodo,
cuentos todos escogidos aquí para un análisis relativo a su idoneidad y uso en
el aula. El primero de ellos, Juan el
Fiel, cuenta la historia de un criado de la corte real, que por su
proximidad al rey, ya moribundo, promete a este en su lecho de muerte que
velará por su hijo. Entre otras cosas promete también que nunca daría paso a la
entrada de su hijo a una alcoba en la que aguardaba el cuadro de una bella
mujer de la que al verla se enamoraría, pero sin poder impedir esto, el criado
acabaría guiando al nuevo rey al encuentro de esta bella dama. De tal suerte
consiguen el criado y el nuevo rey engañar a esta joven para embarcar en un
navío destino a palacio, pero en el trayecto el criado escucha a unas cornejas
parlotear sobre tres desafortunados hechos que sucederían nada más atracar en
el puerto. De esta manera, el criado fiel hace todo por evitar los males de
esos hechos, y tras lograr desviar las acometidas, acaba por ser despreciado y
condenado a muerte por el rey. A punto de morir, el criado le confiesa al rey
el porqué de su hacer, pero al estar su confesión condicionada a no ser nunca
contada, Juan acaba por convertirse en piedra. El cuento acaba pasados unos
años, ya casados los reyes y concebidos dos hermosos hijos. La estatua del
criado, presente todavía, parece revivir y pedir al rey que le resucite,
aludiendo como condicionante el cortar la cabeza a sus propios hijos. Este,
decide de justicia hacerlo, y al acto de ejecutarlos Juan el Fiel revive y, por
querencia divina resucita a los hijos en respuesta a la valentía del rey.
El segundo cuento, El Rey de las Ranas, trata la historia
de una joven princesa, que un día jugando en un bosque cercano a palacio,
pierde su pelota de oro en el interior de una fuente demasiado profunda. De tal
suerte la princesa se encuentra con una rana que dice poder rescatar la pelota
a cambio de ser su compañera, sentarse en su mesa, dormir en su cama y
compartir su mismo tiempo. La princesa acepta sin pensárselo, y la rana, por
supuesto, recupera su pelota sin vacilar y se la entrega a la niña. Cuando esta
última la obtiene, se va. Con posterioridad se producen varios intentos por parte
de la rana de que se vea cumplida la promesa en cuestión. El padre de la
princesa, de hecho, se acabaría enterando de la situación y obligando a su hija
a cumplir con su palabra. Por la noche, ya en su alcoba, la niña estampa la
rana contra una pared, y esta se convierte en un príncipe que, como se explica,
fue hechizado por una bruja con anterioridad. Acaban, los dos, viajando al día
siguiente en un coche rumbo al palacio del último, para vivir así una vida
plena y feliz.
El último cuento, El Señor Sabelotodo, trata de un
zapatero vanidoso, arrogante y austero que pasa su día a día criticando el
trabajo de los demás y señalando todos los defectos que en este encuentra. La
historia se centra en un sueño tenido por este señor, en el que comienza
muriéndose y viajando al cielo, y encontrándose a los pies de San Pedro procede
a entrar bajo la condición de nunca quejarse ni criticar lo que ve a su
alrededor. Tras múltiples dificultades en situaciones que Sabelotodo observa,
se da con una de la que no puede evitar quejarse. Se trata de un carruaje
encallado en un hoyo. Nuestro protagonista cree que se necesitaría de cuatro
caballos para sacarlo de su agujero, pero solo se presentan dos. Ante sus
quejas, aparecen dos nuevos, pero en vez de situarse en la parte delantera del
carro, como los que le precedían, se situaban en la trasera. Ante la
incredulidad de Sabelotodo los ángeles le expulsan del cielo, y ya, según se
aleja, observa asombrado como el carro es levantado por estos caballos, que pensaba
en un principio que eran como los demás, aun resultando luego ser voladores.
Los tres cuentos aquí resumidos me
gustan bastante, y creo esa razón necesaria para su selección, ya que de esta
forma mi narración será seguro más sentida, y por ende más vivida por los
niños. Estos parecen, además, idóneos para trabajarse en quinto de primaria.
Los diez años son una edad en la que las operaciones mentales aplicadas a
eventos concretos se hacen ya casi del todo sólidas, por lo que el niño es
capaz de identificar a los personajes con roles previamente concebidos. Tanto
el criado, como la princesa, y como el señor Sabelotodo, son personajes
caracterizados, bien descritos por los hermanos Grimm como personas leales,
ingenuas o engreídas, y fáciles de distinguirse por su personalidad. No son
personajes tan complejos como para asumir una personalidad difícil, o un
sentido de una ética gobernada por una doble moral, sino que se limitan a
adquirir unos roles que el niño identifica, juzga y, quizás, comprende. Las tres
historias, poseen además interés pedagógico, en tanto en cuanto estimulan la
fantasía y la imaginación del niño, así como psicológico, ya que le ayudarán a
conocerse tras haber empatizado con los caracteres asumidos. Por último, a la
edad de 10 años los niños distan de ser dependientes intelectualmente, sino que
muchas veces esperan que se les rete para probar sus limitaciones y observar
hasta donde pueden llegar. Y es que este tipo de cuentos folclóricos, al
contrario que otros donde los personajes pueden dejarse llevar, pueden plantear
múltiples debates para que los niños de esta edad puedan expresar sus primeras
opiniones al respecto de la consecución de los hechos.
En lo referente al uso en el
aula, quizás parece lógico sugerir un cambio en el cuento de Juan el Criado, en lo que respecta a la
parte en la que la estatua pide al rey que corte la cabeza a los hijos y que
con su sangre cubra el rostro de la primera. Quizás no deba ser necesario ser
tan frívolo, ni por supuesto tan violento, por lo que bastaría con el mero
hecho de sacrificarlos, o quizás desterrarlos, en orden de no herir la
sensibilidad de los espectadores. El segundo cuento no parece necesitar de
modificación alguna al ser contado. Sin embargo, el tercero sí que se podría
adaptar en el caso de encontrarse el maestro en un centro público, por supuesto
no religioso, en el que se pueda sustituir al cielo o a San Pedro por un mundo
perfecto y un amo de llaves de ese mundo. Pero independientemente de dichos
cambios susceptibles o no de ser aplicados, a criterio del orador, sí que sería
necesario hacer especial hincapié en el contexto. Se podría trabajar la
literatura lejos de las mesas, en un espacio abierto y cómodo. Quizás convendría
apartar las mesas y pegarlas a la pared, para poder así desplegar una gran
alfombra en la que los niños puedan sentarse o incluso tumbarse libremente, de
cara a despertar su imaginación al no verse coartados por la sensación de
encerrona que a veces producen sus pupitres. Así, ya preparado el maestro, y ya
preparados los niños, se comenzaría con los cuentos.
El maestro comenzaría a contar,
en voz alta y clara, repitiendo las expresiones frecuentes con el mismo acento
con el que lo hizo anteriormente, y omitiendo, modificando y añadiendo
elementos previamente preparados. Pero lo más interesante, es el trabajo que
este traería consigo durante y tras recitar el cuento. En primer lugar se
comenzaría describiendo a los personajes tal y como en las recopilaciones de
los hermanos Grimm aparecen. Se narraría la apariencia del criado, de la
princesa y del señor Sabelotodo y se haría una pausa para preguntarles a los
alumnos cómo se imaginan a los personajes. Evidentemente su físico y su
psicología vienen ya definidos en el cuento, pero esta es una forma idónea para
que demuestren el entendimiento de elementos denotativos.
A continuación se continuaría con
el nudo de la historia, siendo conveniente realizar pausas en los puntos más
álgidos para volver a preguntar a los niños. En este caso se les preguntaría
sobre qué harían ellos. Por ejemplo, en el caso de El Rey de las Ranas, se les podría preguntar qué harían ellos ante
la amenaza de la rana de no darle cobijo en su cama. Pero también se les podría
preguntar sobre que situaciones de su realidad han vivido parecidas a las del Señor Sabelotodo con los carpinteros,
por ejemplo, en orden de introducir el simbolismo, del que enseguida nos
encargaremos. ¿Qué les parece lo que hizo el rey matando a sus hijos? o ¿qué
opinan sobre la actuación de la princesa estampando al sapo contra la pared?
Son otras preguntas que hacen a los niños empatizar con los personajes. Dichas
cuestiones, todas ellas, deben estar comprendidas a lo largo de la narración,
de cara a que el cuento-fórum sea más interactivo. Quizás sea conveniente hacer
estas preguntas tanto de manera general como individualizada, preguntando de
repente a un niño en concreto sobre la actuación de tal o cual personaje, de
cara a que todos estén prevenidos por si les toca responder, y así no perder la
atención ya no en la historia sino en la dinámica. Al finalizar el relato, será
necesario preguntar a los niños si han aprendido algo, y en caso afirmativo
hacer que señalen el qué. No se trata de conseguir que los niños entiendan las
significaciones que los adultos extraen, sino de que construyan ellos mismos
las suyas, ya que si no se les estaría confundiendo, así como negando sus
capacidades de comprensión. De esta forma, tras finalizar el cuento-fórum, el
maestro se habría asegurado de que sus alumnos, tras un trabajo puramente
literario, hayan comprendido el relato, juzgado los hechos y adquirido unas
enseñanzas.
En lo referido a la simbología,
cabe hacer referencia a ciertos personajes y arquetipos, pero teniendo presente
que aun siendo uno de los objetivos el que el niño entienda el uso simbólico de
la literatura, no se debe forzar un entendimiento racional de abstracciones
cuando aún no es propio de su edad el trabajo sobre las formalidades de lo
abstracto. Es necesario, por tanto, ir poco a poco, y en vez de preguntar
directamente sobre la simbolización, encaminar las preguntas hacia la
significación. Esto es, en vez de preguntar sobre qué simboliza este personaje
o este arquetipo, cuestionar con quién identifica este u otro personaje. Parece
claro que las cornejas, en el primer cuento, son animales mágicos bien
parecidos a adivinadores, o que la rana, en el segundo, sea el príncipe que
salva a la princesa de su ingenuidad. Pero, reiteramos, es imprescindible que
sean los niños los que poco a poco encuentren el porqué de estas figuras, por
lo que igual es necesario contar el cuento más de una vez, subrayar los
momentos clave, dar verosimilitud a las conceptualizaciones que pudieran dar
lugar a error…
Y es que trabajar el folclore en
el aula requiere de un esfuerzo. Es por eso precisamente por lo que conviene
saber de la importancia de su trabajo, de las claves en su preparación y de la
potenciación de su desarrollo. Es necesario trabajar los textos al detalle, de
forma que al narrarlos queden impregnados en los corazones de los niños.
Cuarenta años después, el niño, ya hecho hombre, debe recordar estas historias,
y no solo eso, debe evocar el ambiente que se respiraba cuando su maestro se
ponía a entonarlas, como eran sus expresiones, como de embobados se quedaban
todos al oírle hablar. Y contarlas a sus hijos, en orden de continuar esa
linealidad, y no perderlas con el paso del tiempo, con el cambio de aires.
Referencias
Grimm,
J. Grim, W. (1812). Los cuentos folclóricos y de hadas originales de los Hermanos
Grimm (Juan el fiel). Nueva Jersey, Estados Unidos: Princeton University
Press.
Grimm,
J. Grim, W. (1812). Los cuentos folclóricos y de hadas originales de los Hermanos
Grimm (El rey de las ranas). Nueva Jersey, Estados Unidos: Princeton
University Press.
Grimm,
J. Grim, W. (1812). Los cuentos folclóricos y de hadas originales de los Hermanos
Grimm (El señor sabelotodo). Nueva Jersey, Estados Unidos: Princeton
University Press.
Propp, V. (1928). Morfología del cuento.
Barcelona: Editorial Fundamentos.
Pelegrín, A. (2004). La aventura de oír:
cuentos y memorias de tradición oral. Madrid: Editorial Cincel.
Bueno, Guillermo, solo tienes un error: los cuentos folclóricos se cuentan, no se leen. Damos gracias a los hermanos Grimm por ponerlos por escrito porque así podemos conocerlos, pero la transmisión en el aula ha de ser la misma que ha hecho que estos cuentos perduren durante siglos: la narración (no la lectura) oral.
ResponderEliminarLa emoción de la narración ni se parece a la de una lectura por buena que sea y la mirada constante puesta en los receptores apela directamente a su atención y a su inmersión en la historia.
Si modificas esta cuestión y añades las referencias, tu actividad será perfecta.